Zaragoza (España), 1955 Desde el año 1971 viene dedicándose profesionalmente al mundo del Arte, que compagina con el Diseño Gráfico desde 1989, sin establecer entre ambas facetas ninguna diferencia.
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miércoles, 10 de diciembre de 2014
jueves, 6 de noviembre de 2014
Ilustraciones de la artista María Maynar. Carlota Santabárbara
María Maynar.
Tinta, 2014. Para "El pez de la despedida".
Carlota Santabárbara
Miembro de AACA y AEC
Tinta, 2014. Para "El pez de la despedida".
El pez de la despedida, libro de poemas de Luz Rodríguez,
con ilustraciones
de la artista María Maynar.
Carlota Santabárbara
Miembro de AACA y AEC
En los dibujos que acompañan a El Pez de la
despedida, María Maynar (Zaragoza, Aragón, 1959) nos sumerge en un mundo
mágico submarino donde los peces y los corales bailan al son de las palabras de
Luz. No reflejan fiel y literal el acontecer narrativo de este libro de poemas,
lo acompañan, como una amiga que está presente en el duelo. Las manchas de
tinta dialogan al son de las palabras, desde una visión periférica; sugeridas,
en una misma sintonía, paralelas; desde la cercanía de quien se siente próximo
y empático a un sentimiento universal. El sufrimiento del desamor.
Sus pinturas son como ella, juguetonas, lúdicas,
reflexivas, sugerentes, donde el animal marino que ilustra El bestiario
parece alimentarse o tal vez sacar de sí todo un mundo, donde los peces de sus
dibujos, que acompañan a Las Biografías y al título mismo, juegan a
perseguirse o a observarse. Imágenes no descriptivas que nos hacen volar la
imaginación, pasear la visión; que nos evocan sin contarnos lo que hay, como en
Bullicio de desamor, donde el dramatismo de las manchas de tinta
extendidas en el papel expresan el llanto, el sufrimiento. En Arrecifes
las siluetas flotan de un modo orgánico sobre un rostro femenino con los ojos
vendados, sin embargo en El Pez de la despedida, tal vez un tiburón
martillo, los cuerpos se atraen a la vez que experimentan la distancia que los
separa.
Destacan las transparencias creadas por las aguadas de
tinta que generan superficies plateadas y brillantes en los peces que habitan
ese mundo abisal, donde las burbujas parecen dar vida a una serie de habitantes
imaginarios, con carácter simbólico, fuertes a la vez que sutiles y volátiles.
La belleza hegeliana está latente en las Imágenes que
ilustran este poemario, trazos que manifiestan el Espíritu, ese que nos es
común y que fluye en el cuerpo de la obra.
http://www.aacadigital.com/contenido.php?idarticulo=1004
miércoles, 5 de noviembre de 2014
Obras de Germán Díez, Paco Rallo y Pedro J. Sanz
Fotografías: Jose Luis Gamboa.
Obras de Germán Díez, Paco Rallo y Pedro J. Sanz
Galería Pilar Ginés, Zaragoza
Presidente de AACA y Vicepresidente de AECA
Lo expuesto por Germán Díez se titula Sopra i tigli di fallavecchia, pues conviene recordar que desde hace un tiempo está vinculado con Milán por asuntos de arte. Además de títulos tipo Cajas, Cruz, Círculo, Serpiente, Dos cajas y Alargado, la clave en sus obras son la combinación de materiales como hojas secas, chapa de hierro, ramas secas, papel pegado y corteza de árbol, que contribuyen a la fuerza generalizada junto con el campo formal. Fuerza, conviene recordar, que es una característica de siempre. Dos ejemplos. Cruz tiene forma de cruz y esqueleto, mientras que otra es un esqueleto con cabeza de chapa de metal. El conjunto puede definirse como un tipo de dramatismo muy bien encajado, siempre dentro de la realidad . Obra que atrapa.
Paco Rallo titula a su obra Primum ver, por Primera primavera. En efecto. Estamos ante cuadros de pequeño formato, cuadrados y rectángulos, singularizados por la fuerza en algunas obras y la generalizada alegría gracias al derroche de color acompañado por la abundante pasta y los sueltos trazos. Todo muy vital, estallante.
Acerca de Pedro J. Sanz titula al conjunto de sus dibujos como Pareidolias. Nuestra compañera de trabajo Desirèe Orus, el día de la inauguración, comentaba con absoluta precisión el significado de tan singular palabra, que luego escribió en su crítica para el Heraldo de Aragón, 5 de junio de 2014. Dice: Fenómeno psicológico que nos hace sacar parecidos en las nubes, las formas de las rocas y en este caso de los troncos de los árboles. Añadimos que en muchos diseños de baldosas.
El caso es que su obra se caracteriza por el lápiz graso sobre cartulina blanca, en plan puro, sin añadir otros elementos, al servicio de un ámbito formal repleto de imaginación, según nos tiene acostumbrados desde siempre para sus cuadros y dibujos con color. Decíamos ámbito formal como gran clave, pues tenemos una gran variedad de formas imaginadas que guardan íntima relación con el laberinto de las raíces y sus caprichosas ondulaciones y dulces quiebros. Y aquí viene el título Pareidolias, pues poco a poco, como si fueran encuentros fugaces, descubrimos en los dibujos picos de águila y un alto número de rostros. Apariciones del eterno azar. Dejamos constancia de dos esculturas de color verde oscuro, que mantienen las coordenadas de los dibujos. Muy bien resueltas, con poder.
viernes, 1 de agosto de 2014
Lumbre Incandescente. Vídeo de María Maynar
María Maynar.
Recitado por Luz Rodríguez acompañada al piano
Tinta, 2014. Para "El pez de la despedida".
Presentación del poemario de Luz Rodríguez, El pez de la despedida.
Teatro Principal, Zaragoza, 8 julio 2014.
Recitado por Luz Rodríguez acompañada al piano
por Antonio Gil, compositor de la versión musical del poema.
Vídeo de María Maynar
“La poesía no tiene sexo”. Antón Castro.
Paco Rallo, Luz Rodrígez y Antón Castro.
Teatro Principal de Zaragoza.
8 de julio de 2014.
“La poesía no
tiene sexo”
Antón Castro.
Zaragoza | Actualizada 08/07/2014
Luz Rodríguez (Luarca, Asturias, 1961), licenciada en
Filosofía y Ciencias de la Educación, es escritora. Lleva varios años afincada
en Huesca. Ganó el X Premio Gil de Biedma. Esta tarde, en el Teatro Principal,
presenta su poemario ‘El
pez de la despedida’ (El Párpado Sumergido. Zaragoza, 2014),
ilustrado por María Maynar (Zaragoza, 1959), en compañía del músico Antonio Gil
al piano.
¿Cómo nació ‘El pez de la despedida’?
Empezó a gestarse hace unos seis años. Por entonces escribía una novela que exigía un esfuerzo sostenido, interminable. Necesitaba echar fuera otros raptos líricos, otras fulguraciones, volcar lava que no se ajustaba a ese registro narrativo y darle curso. Interrumpí la novela y recuperé la poesía que me prometía, además, el don de ver el fruto acabado. El poemario nace de la necesidad de fundir experiencias vitales y escritura aunque después se aleja por sus propios senderos de expedición y se vuelve un trasunto de lo que lo motivó.
Tiene algo de crónica autobiográfica de un desamor, de una pérdida...
No me interesa tenerme a mí misma como objeto de reflexión y destino salvo en la medida en que lo que escriba pueda ser representativo del sentir de los otros, de algo que sobrepasa lo personal y se diluye en el torrente sanguíneo común.
¿A qué alude el título?
Alude a la visión del amor como ese pez a punto de escurrírsenos de las manos. El pez es también su esqueleto potencial, el esqueleto que queda una vez devorada su carne blanca. Y ese esqueleto visto en horizontal es una caligrafía, un bello nombre de lo muerto, de lo que ha sucumbido ante nuestra voracidad. Es esa palabra descarnada que se nos columpia en la memoria como una letanía. De la pérdida o del abandono del ser que amamos nos resta apenas repetir su nombre en el vacío. De ahí los versos: “Pero tu nombre es tu nombre es tu nombre/ esqueleto de pez/ que seguiré acunando con obcecados labios”.
¿Qué busca con la poesía?
Busco Ítaca, saberme imperfecta mientras camino lo mejor que sé y dar por bueno ese esfuerzo. Busco, como Jorge Luis Borges, esa lluvia que sucede en el pasado. En esto se resume todo, en encontrar esa lluvia imposible. En emocionarse si la vislumbro al albur de un verso, de un fogonazo.
¿Cómo ha trabajado el lenguaje?
Bajo la idea de que fondo y forma se necesitan mutuamente. Empiezo a escribir a menudo de manera intuitiva, casi desbocada; incluso, en el caso de este libro, con vértigo, con cierta atracción del abismo. Entonces acabo extenuada, humeando como ese fusil recién disparado del que habló Cesare Pavese. Después viene el cambio de turno, el trabajo reflexivo, la poda estilística, el celo formal, la labor despaciosa que puede prolongarse meses, años... o días, y que acato sin prisas.
Hay siempre un tono ambivalente: de placer y de rechazo, de deseo y de dolor, de exaltación y llanto. ¿Cómo entiende el amor?
El amor lo entiendo bajo la máxima de que solo se es dueño o dueña de lo que se da. Y luego la vida se encarga de imponerte sus leyes para que te enteres de lo peliagudo y doloroso que es estar a la altura de tus buenas intenciones. Es inevitable esa ambivalencia entre deseo y rechazo, dolor y exaltación, indefensión y valor. Es un camino de conocimiento que no ha de desdeñarse por sinuoso que sea. Se escribe con otro compromiso, con otra comprensión, con otra lentitud consciente, desde la experiencia del abandono o de la pérdida, al igual que nunca se vuelve a escribir como antes tras la experiencia de la muerte.
¿Qué le debe este libro a lo onírico?
Le debe el sustrato simbólico, las imágenes que proceden de mundos submarinos y que están en mi biografía emocional desde pequeña, desde que soñaba con el mundo acuático y misterioso que me circundaba, que amaba y temía. Hay en el libro imágenes, metáforas que se presentan en mis sueños en analogía con las algas y arrecifes que emboscan a la mujer del poemario como trabándole la esperanza. Aunque un espécimen marino o la furia de un mar soberbio representa también la rebelión, el vitalismo, la alegría de la lucha y la promesa de lo desconocido.
¿Qué importancia tienen en su obra la música y la pintura?
Esencial. La pintura y la música nacen de la misma fuente de curiosidad que la escritura. Son otros lenguajes que me amparan y que necesito expresar, recrear. Por otro lado, me viene de antiguo: en mi casa se escribía, se recitaba, mis padres eran locos cuentistas orales, se dibujaba mucho y había música y teatro y charadas y mucho drama y mucho sentido del humor... Todo hallazgo artístico infantil era festejado más que una alta nota académica.
¿Por qué le atrae tanto el mundo de la mujer, la mirada femenina?
Hablo desde mi voz y me tomo a mí misma como sujeto poético desde el que desgranar los misterios. No siempre me comprendo y escribo para averiguarlo, para aprehenderme y para saber quiénes son los otros. En ese proceso prende en mí la conciencia de lo que advierto en otras mujeres; entra en lid su sentir ante disyuntivas que nos son comunes y ante las que ellas suelen decirme que se identifican. Pero no porque que en el poemario sea una mujer la que habla doy ninguna fe de un divorcio entre mundo femenino y masculino. Ya sabemos que la poesía no tiene sexo.
¿Cómo ha sido la colaboración con la pintora María Maynar?
Hubo una conexión instantánea, alentadora, mutuamente entusiasta. Leyó los poemas tres veces seguidas, expresó su conmoción y cómo se desató en ella el imaginario que compartimos, esos peces caprichosos, arrecifes cimbreantes, el perfil de un rostro tendido con los ojos vendados vueltos sobre sí mismos para calar en arenas abisales cuando el mundo se vuelve hostil, opaco, airado.
¿Cómo nació ‘El pez de la despedida’?
Empezó a gestarse hace unos seis años. Por entonces escribía una novela que exigía un esfuerzo sostenido, interminable. Necesitaba echar fuera otros raptos líricos, otras fulguraciones, volcar lava que no se ajustaba a ese registro narrativo y darle curso. Interrumpí la novela y recuperé la poesía que me prometía, además, el don de ver el fruto acabado. El poemario nace de la necesidad de fundir experiencias vitales y escritura aunque después se aleja por sus propios senderos de expedición y se vuelve un trasunto de lo que lo motivó.
Tiene algo de crónica autobiográfica de un desamor, de una pérdida...
No me interesa tenerme a mí misma como objeto de reflexión y destino salvo en la medida en que lo que escriba pueda ser representativo del sentir de los otros, de algo que sobrepasa lo personal y se diluye en el torrente sanguíneo común.
¿A qué alude el título?
Alude a la visión del amor como ese pez a punto de escurrírsenos de las manos. El pez es también su esqueleto potencial, el esqueleto que queda una vez devorada su carne blanca. Y ese esqueleto visto en horizontal es una caligrafía, un bello nombre de lo muerto, de lo que ha sucumbido ante nuestra voracidad. Es esa palabra descarnada que se nos columpia en la memoria como una letanía. De la pérdida o del abandono del ser que amamos nos resta apenas repetir su nombre en el vacío. De ahí los versos: “Pero tu nombre es tu nombre es tu nombre/ esqueleto de pez/ que seguiré acunando con obcecados labios”.
¿Qué busca con la poesía?
Busco Ítaca, saberme imperfecta mientras camino lo mejor que sé y dar por bueno ese esfuerzo. Busco, como Jorge Luis Borges, esa lluvia que sucede en el pasado. En esto se resume todo, en encontrar esa lluvia imposible. En emocionarse si la vislumbro al albur de un verso, de un fogonazo.
¿Cómo ha trabajado el lenguaje?
Bajo la idea de que fondo y forma se necesitan mutuamente. Empiezo a escribir a menudo de manera intuitiva, casi desbocada; incluso, en el caso de este libro, con vértigo, con cierta atracción del abismo. Entonces acabo extenuada, humeando como ese fusil recién disparado del que habló Cesare Pavese. Después viene el cambio de turno, el trabajo reflexivo, la poda estilística, el celo formal, la labor despaciosa que puede prolongarse meses, años... o días, y que acato sin prisas.
Hay siempre un tono ambivalente: de placer y de rechazo, de deseo y de dolor, de exaltación y llanto. ¿Cómo entiende el amor?
El amor lo entiendo bajo la máxima de que solo se es dueño o dueña de lo que se da. Y luego la vida se encarga de imponerte sus leyes para que te enteres de lo peliagudo y doloroso que es estar a la altura de tus buenas intenciones. Es inevitable esa ambivalencia entre deseo y rechazo, dolor y exaltación, indefensión y valor. Es un camino de conocimiento que no ha de desdeñarse por sinuoso que sea. Se escribe con otro compromiso, con otra comprensión, con otra lentitud consciente, desde la experiencia del abandono o de la pérdida, al igual que nunca se vuelve a escribir como antes tras la experiencia de la muerte.
¿Qué le debe este libro a lo onírico?
Le debe el sustrato simbólico, las imágenes que proceden de mundos submarinos y que están en mi biografía emocional desde pequeña, desde que soñaba con el mundo acuático y misterioso que me circundaba, que amaba y temía. Hay en el libro imágenes, metáforas que se presentan en mis sueños en analogía con las algas y arrecifes que emboscan a la mujer del poemario como trabándole la esperanza. Aunque un espécimen marino o la furia de un mar soberbio representa también la rebelión, el vitalismo, la alegría de la lucha y la promesa de lo desconocido.
¿Qué importancia tienen en su obra la música y la pintura?
Esencial. La pintura y la música nacen de la misma fuente de curiosidad que la escritura. Son otros lenguajes que me amparan y que necesito expresar, recrear. Por otro lado, me viene de antiguo: en mi casa se escribía, se recitaba, mis padres eran locos cuentistas orales, se dibujaba mucho y había música y teatro y charadas y mucho drama y mucho sentido del humor... Todo hallazgo artístico infantil era festejado más que una alta nota académica.
¿Por qué le atrae tanto el mundo de la mujer, la mirada femenina?
Hablo desde mi voz y me tomo a mí misma como sujeto poético desde el que desgranar los misterios. No siempre me comprendo y escribo para averiguarlo, para aprehenderme y para saber quiénes son los otros. En ese proceso prende en mí la conciencia de lo que advierto en otras mujeres; entra en lid su sentir ante disyuntivas que nos son comunes y ante las que ellas suelen decirme que se identifican. Pero no porque que en el poemario sea una mujer la que habla doy ninguna fe de un divorcio entre mundo femenino y masculino. Ya sabemos que la poesía no tiene sexo.
¿Cómo ha sido la colaboración con la pintora María Maynar?
Hubo una conexión instantánea, alentadora, mutuamente entusiasta. Leyó los poemas tres veces seguidas, expresó su conmoción y cómo se desató en ella el imaginario que compartimos, esos peces caprichosos, arrecifes cimbreantes, el perfil de un rostro tendido con los ojos vendados vueltos sobre sí mismos para calar en arenas abisales cuando el mundo se vuelve hostil, opaco, airado.
sábado, 5 de julio de 2014
Mira lo que tengo. Valtueña
Querido
Valtueña.
Terminé de
leer tu última obra, Mira lo que tengo.
Está
implacablemente bien escrita, y entiendo, además, que es muy difícil para su
autor llevar el hilo conductor de la historia a través de todas sus páginas,
sin caer en lo banal. Has aportado emociones y sensaciones constantes, con gran
ternura en su tratamiento y en la complicidad de los protagonistas. Lo has
resuelto con maestría.
Las
páginas dedicadas al Forma me han encantado, cómo abordas el tema. Creo que
deberías escribir sobre nosotros, desde tu visión y desde la distancia y
libertad que da el tiempo transcurrido: damos mucho de sí todas y todos los que
vivimos esos años al borde del filo de la navaja y de la desesperación. Sé que
es publicable.
El final
de tu obra es sorprendente. La hermosa carta de la madre es para mí,
sinceramente, la parte más profunda del libro, una delicia, mis ojos se
emocionaban, haciéndome recorrer las hojas leídas y retenidas con gran
celeridad, cerrando así el círculo de tu hermoso libro.
Enhorabuena.
Paco Rallo
Mira lo que tengo. Valtueña, José María
Narrativa Erótica (F). Novela
Junio 2004
La Sonrisa Vertical SV 146
ISBN: 978-84-8383-820-4
País de edición: España
192 pág.
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