JOSÉ LUIS
LOMILLOS. UN SAMURAY SURFISTA DEL ARTE POP ACTUAL
La razón por la que pinto de esta manera es porque quiero
ser una máquina.
Hacer como una máquina todo lo que hago, es lo que quiero
hacer.
Andy Warhol
Cuanta confianza depositada
supone el hecho de que un artista te encomiende su alma a través de su obra!.
¡Cuanto compromiso adquirido el escribir sobre ella!. Y, aún, a pesar de ser
plenamente consciente de los peligros que conlleva, he decidido afrontar el
reto y arrojarme al vacío, aceptando el accidente, dejando mis convicciones
estéticas e históricas a un lado e introducirme, con permiso de José Luis
Lomillos, en su pellejo; siendo respetuoso e irreverente, al mismo tiempo, para
intentar llegar a tocar su universo, y abducirlo al mío, producirme un estado
de catarsis entre el suicidio y la excitación... Siempre he pedido respeto para
el creador, el de verdad, el auténtico artista, con sus aciertos y errores. Y,
sin prejuicios estéticos personales, ser un mero deglutador-transmisor y
disfrutar la obra que nos proponen los artistas, en este caso la de José Luis
Lomillos.
El arte actual se identifica con
unas herramientas que no son las tradicionales; ciertos creadores han asumido
plenamente este hecho y su obra es la constatación de un firme compromiso con
el presente, con los avances tecnológicos y científicos que definen nuestra
civilización: máquinas diabólicas con permiso de Dios al servicio del artista.
Lomillos es uno de ellos, un creador del arte infográfico en unión carnal con
la manzana apple y el plotter tricotosa a color sobre unos soportes que –estos
sí– son tradicionales: telas, bastidores y papeles... pasado y presente
unidos. Sirviéndose de los megas y los ram, como un samuray haciendo surf ciberespacial,
recicla el arte pop golpeando con fuerza, y da finos cortes sin miedo a las
líneas por centímetro o a los píxeles por pulgada. !Cuanta actualidad
concentrada!... Lomillos –destripador de iconos– maneja con autoridad
el color; corta, pincha y pega con su fina catana ¡comando: guardar!;
escanea y trata la imagen transformándose a sí mismo en cada golpe,
psicoanalizándose a la velocidad de una Harley Davinson que cruzara el puente
de Brooklyn al encuentro de una noche de pasión y blanco desenfreno. De la
acción combinada de su mano-ratón y su esperma-cerebro, surge un caos ordenado
que nos habla de lo más actual; una deslumbrante mezcla de sexo, de ciencia y
de cotidianidad, escenas de la vida diaria junto a pasajes de otras culturas...
objetos de culto, y diseño con mayúsculas; como un gran barman, este gran
creador de fina cabeza, lo agita todo nerviosamente, con la debida dosis de
perversidad, ofreciéndonos un cóctel nocturno que es para saborear con la
mirada; el resultado es una obra a la que tienes que enfrentarte con la misma
desnudez en que se halla su propio creador. Sin pretender estar a su altura
porque nunca llegarás a alcanzarla. Como máximo percibirla con la desnudez de
un ser puro no contaminado por lo ya vivido, embriagado por tanta belleza
recién irrumpida.
Lomillos nunca olvida alimentar a
su ratón con queso a la pimienta y otras finas hierbas, para avanzar más rápido
y sacar por la churrera del plotter en tela la santa faz de su vida, inquieta y
nada aburrida, de mirada limpia y desafiante, con el debido respeto a los
grandes maestros en los que él sabe mirarse: mi recuerdo y admiración –y
seguro que el de José Luis– para dos príncipes de la creación –así
definía Joan Miró a los artistas–, que acaban de irse; dos grandes como Tom Wesselmann
y Juan Barjola. Lomillos, heredero de estos dos grandes artistas comprometidos
con dos culturas tan diferentes y tan contaminadas entre sí, es visitante
asiduo de tiempos y culturas lejanas y exóticas; sabe apreciar el horror
vacui de los bazares chinos, plagados de objetos insólitos; esos objetos
tan extraños a nuestra cultura occidental, encorchetada en rígidos símbolos,
tan dirigida y tan libre como oprimida en pequeños cortos y relatos o imágenes
de mal-buen gusto; objetos que no sólo es preciso mirar con los ojos bien
limpios, sino incluso usar si es necesario colirio para hacerlo, porque es en
su fealdad aparente donde reside su oculta belleza; saber interpretarla es
disfrutar de una obra nada convencional, nada establecida, gozar del acto instintivo
de rastrearla como un sabueso puede hacerlo.
Para los que amamos el arte igual
que la vida –algo que Wolf Vostell expresó gráficamente en el binomio
«arte=vida, vida=arte»–, contemplar la obra sincera y actual de un gran creador
siempre es un placer. Más que eso... un orgasmo para los sentidos. También es
un gran alivio saber que todavía quedan artistas del calado y la profundidad de
José Luis Lomillos; gracias sinceras por creer en la existencia de la tragedia
de la creación... Con perdón, creo que me he perdido y las heridas producidas
al lanzarme al vacío me obligan, esta fría madrugada de San Juan Evangelista, a
visitar a la Sacerdotisa-Chamán para que me unga con leche de flores. Sólo así
podré estar presentable en la inauguración de la exposición de José Luis, con
las heridas debidamente restañadas.
Paco Rallo, 27 de diciembre de 2004
Rallo, Paco: «José Luis Lomillos. Un samuray surfista del arte pop actual», en el catálogo de la exposición Greatest Hits. José Luis Lomillos, Escuela de Arte de Zaragoza, 2005, pp. 5 y 7
http://joseluislomillos.blogspot.com.es/
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